cuatro taxis

el sonido rebota en los edificios de mi barrio. se traslada de pared en pared hasta llegar a mi balcón, son las fiestas de mi barrio. y parecía el whole lotta love de los zeppelin. podría ser cualquier otra música. tras un viaje de frontón en frontón la melodía es indistinguible, pero yo oigo esa canción.
el viernes cogí cuatro taxis. y cada uno estereotípico. con espeluznante especímen incluido. el primero era un rockero con coleta que nos llevó a jesu a nieves y a mí desde el centro hasta delicias. a una fiesta. veníamos de ver al oscuro nacho vegas en el teatro calderón. el tipo era majo, yo estaba eufórico por estar con mis amigos e ir a reunirme con más amigos. la semana había sido infernal, y el viernes especialmente. acabamos hablando de los guns and roses y de que ya tenía una niña y que no podía venirse con nosotros. jesu le invitó. la verdad es que era simpático, aunque la invitación fue tímida el tipo lo agradeció. nos llevó y nos dejó a pocos metros de nuestro destino, se había despistado con la conversación musical. humble pie, black crowes y la sala caracol que andaba por allí.
después de la fiesta necesitamos de otro taxista que nos llevara de nuevo al centro. fuimos a recoger a unas amigas de jaco a un garito para luego ir a otro. el caso es que este segundo taxista nos hizo un favor, nos metió a cinco en el coche. recuerdo pocos detalles. sólo que nos pidió un poco de compostura. yo sacaba mis brazos hacia delante a través de la mampara de plástico, la que separaba los asientos de atrás de los de delante, para incordiar a mi amigo que hablaba por el móvil. el tipo se portó. nos comportamos y llegamos a nuestro destino. no sé ni quién pagó.
para el tercer taxi tuve que recorrer la gran vía en mi camino hacia cibeles. eran las cinco y veinte, y mis esperanzas para pillar el búho eran nulas. las esquinas estaban repletas de gente deseando hacerse con una luz verde. la de la esperanza de una salida hacia el hogar. la hora muerta de la desesperación en el centro un viernes por la noche. imposible. después de algunos años utilizando este servicio he desarrollado cierta habilidad para encontrarlos en situaciones difíciles. quería irme a casa. abandoné el local donde estaban mis amigos consciente de que mi retorno sería difícil. pero me agobié. el maldito tercer taxi me disgustó terriblemente. mi situación era ciertamente peculiar. la euforia de un viernes noche me había traicionado y no me encontraba en buenas condiciones. junto al círculo de bellas artes asalté a un pasat que dejaba a sus clientes. ahora, después de lo que pasó, puedo intuir alguna razón por la que un taxista deje a sus clientes en un lugar tan peculiar, no parece un destino común. todo el mundo estaba de abatida hacia el hogar. pero me dijo que sí, que me llevaba. al barrio del pilar. reconozco que no estuve muy afortunado. mi teléfono me había abandonado y mis necesidades parlanchinas se cebaron con el conductor. mi recorrido duró apenas quinientos metros. en la misma cibeles me 'bajé' del taxi. no fueron comentarios desafortunados, pero yo no andaba muy bien. me sentía feliz y eufórico. había encontrado un taxi en la zona cero. y no creía mi suerte. en el confort de las luces azules del salpicadero de un buen coche reposaba mi mirada cansada. no voy a reproducir mis palabras íntegramente porque me da vergüenza. sobrepasé la confianza que se puede tener con un taxista en una noche como ésa. tras proclamar mi suerte abierta y repetidamente, el taxista me dijo: pues tienes tanta suerte que no te voy a llevar, que te bajes, que hay mucha gente necesitando a un taxi como para llevar al más gilipollas... me quedé de piedra (aún me violento cuando lo recuerdo), le pedí disculpas. la verdad es que puedo entender que no quisiera que un descarriado de la noche le tocara las pelotas, pero me lo podía haber pedido educadamente. el caso es que estiró su brazo en un movimiento violento para abrir mi puerta. le pedí perdón y salí trastabillado, comprobé que no me había dejado nada mientras arrancaba. en medio de la rotonda de la cibeles, de costado a la puerta de alcalá. mi intento de buena educación se esfumó en un arrebato violento y cerré la puerta del coche caro con todas mis fuerzas. ya estaba en marcha, luego las luces de freno, las de marcha atrás, eché a correr, no había tráfico, los semáforos me protegieron y en mi carrera por las calles, como en una pista de atletismo, eché a correr. mi teléfono saltó diez metros de donde lo tuviera guardado en la misma dirección que yo. lo cogí y seguí corriendo hasta llegar a la parada de mi autobús y comprobé que el enfermo se había marchado. mi corazón rebotaba y el mal cuerpo de una situación así abrazaba mi pecho. sabía que mi búho no llegaría y que a pesar de todo tendría que encontrar un camino a casa. me relajé un poco. escuché un poco de música, buscaba algo sedante. jack johnson:
There's no combination of words
I could put on the back of a postcard
No song I could sing
But I can try for your heart
Our dreams, and they are made out of real things
I could put on the back of a postcard
No song I could sing
But I can try for your heart
Our dreams, and they are made out of real things
me tranquilicé un poco. decidí empezar a andar, la noche aún era larga y después de aquello no tenía prisa por llegar a casa.
el cuarto taxi apareció cuando menos lo esperaba. cruzaba hacia el palacio de correos. mi nueva estrategia no duraba ni cinco metros cuando ví un taxi vacío y con la luz apagada. gesticulé exageradamente si iba hacia el norte. su expresión era receptiva. le dije a dónde podía llevarme y asintió para mi consuelo. este no lo iba a perder. otra vez tenía suerte, y sabía que lograría contener fácilmente mi renovada euforia y mi agria ira. le pedí permiso para escuchar música. el buen hombre retornaba a su hogar y recibió de buen grado que a su vuelta a casa le acompañara una última carrera. todo castellana hacia arriba hasta llegar a mi casa. pensé en escribir esto, y titularlo 'el gremio maligno', pero aquel viaje me hizo cambiar de opinión. hay mucha gente en el mundo como para juzgar a justos por pecadores.
tampoco era como para quemarlos vivos. tienen unas condiciones laborales peculiares y una clientela muy variopinta. en cierto modo los comprendo, pero aquel capullo me jodió bastante, así que pasé el resto de la noche cagándome en su puta madre.
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