Silver bird
El sol recién nacido tatúa en cobre la piel brillante del mar. El ruido del aire y los motores lo envuelve todo y las voces de las conversaciones del último tramo luchan por sobresalir. Voces como colores, diferentes, reconocibles.
El avión desacelera, vamos llegando, la campanilla electrónica nos manda. La voz del azafato instruye. El avión sube y baja suavemente, preparándose, y siento una suspensión minúscula. Como en una noria o en una atracción de feria.
He dormido poco, y lo notare. Me he levantado a las tres y media de la mañana, sin dormir del tirón pensando en la posibilidad de no oír la alarma. Al final no me ha hecho falta. Pensando en lo que significaría. En la ansiedad fabricada, asociada a viajar. A no tener el control y saber que más que menos, siempre hay percances. Retrasos, cancelaciones, como la de anoche. Por qué me lo tomaré tan a pecho si siempre acabo llegando.
El sol ha subido, ha crecido. Estamos a las puertas del verano. Hoy hará calor en la cuidad, sin embargo iré en manga larga en la oficina.
Veo los barrios, las carreteras, en miniatura. La planificación y la insignificancia. Los coches, llevando vidas, con sus preocupaciones. Salen las ruedas del avión, nos enfilamos. Todo se agranda. La sombra se agranda. El agua se mece confinada. No se rebela, ahí está, tranquila, delineando el contorno de la cuidad. Tocamos tierra.
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